RUTINAS
Constancia era un pueblo de tan solo mil habitantes, eso significaba que con solo el señor M bastaba para el correo. El señor M era de tez morena, canoso y de orejas grandes, de ceño fruncido y de pantalones arremangados.
Que su bicicleta era bien querida ya se podía adivinar por las cintitas de colores que colgaban del volante y por el banderín flamante de un club de fútbol colgando del asiento. El cromado de la bicicleta de M, brillaba igual que cuando nueva la obtuvo del correo hace más de quince años. Como ya se sabe de todo hombre mayor que no posee familia, el trabajo ocupaba todo en la vida de M, su cabeza solo procesaba las posibilidades y responsabilidades de su trabajo. Por la mañana él se sentaba al margen de su cama y pensaba en sus despachos mientras calzaba sus zapatos marrones que ya la noche anterior se había encargado de lustrar. Su ropa azul de trabajo colgaba de una silla. En el ropero de su habitación había alguna otra ropa que difícilmente se usaba. Era muy insólito ver a M vestido con otra cosa que no sea su atuendo del correo, más de cinco pares de camisas azules y más de veinte pantalones azules fueron acumulándose sobre las sillas y los rincones de la habitación después de tantos años de servicio, nada le cabía mejor, nada le parecía más cómodo que aquella ropa. Como si el cosmos le hubiese encargado a su madre gestarlo nueve meses en su vientre tan solo para una tarea.
Que su bicicleta era bien querida ya se podía adivinar por las cintitas de colores que colgaban del volante y por el banderín flamante de un club de fútbol colgando del asiento. El cromado de la bicicleta de M, brillaba igual que cuando nueva la obtuvo del correo hace más de quince años. Como ya se sabe de todo hombre mayor que no posee familia, el trabajo ocupaba todo en la vida de M, su cabeza solo procesaba las posibilidades y responsabilidades de su trabajo. Por la mañana él se sentaba al margen de su cama y pensaba en sus despachos mientras calzaba sus zapatos marrones que ya la noche anterior se había encargado de lustrar. Su ropa azul de trabajo colgaba de una silla. En el ropero de su habitación había alguna otra ropa que difícilmente se usaba. Era muy insólito ver a M vestido con otra cosa que no sea su atuendo del correo, más de cinco pares de camisas azules y más de veinte pantalones azules fueron acumulándose sobre las sillas y los rincones de la habitación después de tantos años de servicio, nada le cabía mejor, nada le parecía más cómodo que aquella ropa. Como si el cosmos le hubiese encargado a su madre gestarlo nueve meses en su vientre tan solo para una tarea.
Poco se sabe de si en la vida del señor M hay otra mujer aparte de su madre. Al morir aquella mujer silenciosa dejó a M entre la oscuridad muda y sospechosa de aquella casa antigua. Entre las fotos graves de los antepasados y los quejidos aterradores de los muebles cuando llega la noche. Recién dos años después, Cuando M tenía veintidós años, un tío suyo lo rescata de un estado casi salvaje y lo hace entrar en el correo único del pueblo de Constancia.
En el pueblo ya hace más de dos meses que no llega carta alguna, jamás ha ocurrido eso y M espera y desespera en suspiros. Pero esta mañana cuando fue a recibir al tren, como tantas veces, el viejo M entre las vociferaciones bestiales del vapor y la máquina, escucha que ha llegado al fin una carta para Constancia.
El señor M toma aquel único destino y vuela en su bicicleta como un pájaro, la carta es para la joven Marcela Goeytes , más allá del río, más allá del bosque de acacias. Hay una estancia entre un océano de maizales llamada "Villa Hayes". Allí le dan la bienvenida un sin fin de teros, que suben y bajan como gaviotas de entre esas olas vegetales que el viento revive.
M no llama a los habitantes de aquel hogar. Aquel sobre único que llego a Constancia esa mañana, prudentemente, va por debajo de la puerta.
El viejo M ya escucha los sonidos cotidianos de una familia que recién despierta. Se siente extraño, todo esto le recuerda a su primer día de trabajo y la primera carta que entregó. Sube a su bicicleta y parte veloz como un niño después de una travesura. Esta va a ser la última vez que el viejo cartero despacha un correo, ya nunca más Constancia recibirá una carta. Aquel mismo día el señor M morirá misteriosamente junto con todo el pueblo.

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