AMIGA
Marcela no era de buscar amigas y las que el destino ponía en su vida como amigas no le duraban mucho. La escuela era un tormento al que debía acudir inevitablemente, el orgullo de su corazón la hacía padecer verdaderos infiernos ante la burla de sus compañeros. Marcela padecía también de fuerzas que convivían entre ellas con una naturaleza totalmente opuestas. Marcela era introvertida al extremo y a la vez su corazón estaba lleno de pasiones, era tímida y a la vez poseía una imaginación que la quería hacer vivir todas las vidas. Como un gran emperador chino, jamás, por más que quisiese, Marcela podría conocer todo lo que estaba bajo su vasta mano.
Pero en el comienzo de otro año escolar Marcela, que siempre se sentaba sola en el aula, tuvo esta vez la compañía de una niña nueva llamada Ana Neri. La nueva estudiante tenía un pelo muy largo color trigo, sus ojos al igual que la miel, se hacían más oscuros o más claros según las estaciones. Además era muy hermosa y dos años más grande que todos. Eso era motivo para unas miradas de burla y temor por parte las chicas. De intriga y amor secreto para los varones.
Los primeros días ambas no se dirigían la palabra salvo para preguntar algo que no habían escuchado o para compartir una única goma de borrar. Ya a la mitad del ciclo escolar y a pesar de tener ambas tan solo diez y doce años, se habían convertido en las amigas más profundas que ha tenido toda la historia de Constancia. Luego una tragedia misteriosa que le marcó entera su cara y la distanció para siempre de todos en el interior de la estancia.
Pero en el comienzo de otro año escolar Marcela, que siempre se sentaba sola en el aula, tuvo esta vez la compañía de una niña nueva llamada Ana Neri. La nueva estudiante tenía un pelo muy largo color trigo, sus ojos al igual que la miel, se hacían más oscuros o más claros según las estaciones. Además era muy hermosa y dos años más grande que todos. Eso era motivo para unas miradas de burla y temor por parte las chicas. De intriga y amor secreto para los varones.
Los primeros días ambas no se dirigían la palabra salvo para preguntar algo que no habían escuchado o para compartir una única goma de borrar. Ya a la mitad del ciclo escolar y a pesar de tener ambas tan solo diez y doce años, se habían convertido en las amigas más profundas que ha tenido toda la historia de Constancia. Luego una tragedia misteriosa que le marcó entera su cara y la distanció para siempre de todos en el interior de la estancia.
La imaginación lleva a desarrollar cierta empatía en las personas y a causa de ella, Marcela había desarrollado proporcionalmente una timidez espantosa. Terrible espanto le daba a Marcela el hecho de que una acción suya pudiera lastimar a otro. Terrible impresión quedaba grabada en Marcela si por algún descuido de su lengua o de sus actos llegaba a dañar a alguien. Sin embargo con su hermano mayor algo distinto le ocurría.
Nunca entendió a esa gente que no abre un paquete apenas se lo entregan, que lo dejan a un lado para abrirlo más tarde. Su hermano mayor era de tener ese tipo de estoicismo. Cuando la madre les compraba un alfajor a cada uno, él era capaz de no comerlo, de dejarlo para después, guardarlo en la heladera para más adelante. Qué enfermedad debía tener en la cabeza su hermano para no abrir vorazmente esos regalos en la noche de reyes, que lo llevaba a sacar la cinta del paquete metódicamente, conservar los juguetes en sus cajas. Todos desde arriba del ropero la perturbaban casi sin descanso, Era algo insufrible que a Marcela la torturaba día tras día, hora tras hora, minuto a minuto para terminar haciendo lo inevitable. Desgarrar el envoltorio de ese alfajor y comerlo desesperada en algún rincón en el que nadie pudiera verle, tomar los juguetes de su hermano y correr con ellos para jugar como nunca hizo con los suyos. Esa pasión incontrolable, ese placer en violentar aquel mundo metódico y silencioso, aquel mundo que aunque lo odiaba con todas sus fuerzas lo veía superior a ella, Marcela lo hacía por un placer que encendía la sangre de su interior. Sentía como esa sangre se aferraba a su corazón y a sus ojos cuando arrancaba aquel muñeco de su caja aún con los aromas de una fábrica. Una caja inmaculada que era destrozada, el placer de jugar con esos juguetes sin el menor cuidado, rayarlos, embarrarlos, hacerlos desaparecer, intercambiarlos con alguna amiga, descuartizarlos.
Luego vendría el escándalo familiar, las recriminaciones de su hermano, las amenazas de su madre, los interrogatorios de su padre. Como si Marcela en vez de haber hecho justicia fuera una criminal, todo era inútil, Marcela jamás hablaba y jamás dejo de comportarse así con su hermano.
Nunca entendió a esa gente que no abre un paquete apenas se lo entregan, que lo dejan a un lado para abrirlo más tarde. Su hermano mayor era de tener ese tipo de estoicismo. Cuando la madre les compraba un alfajor a cada uno, él era capaz de no comerlo, de dejarlo para después, guardarlo en la heladera para más adelante. Qué enfermedad debía tener en la cabeza su hermano para no abrir vorazmente esos regalos en la noche de reyes, que lo llevaba a sacar la cinta del paquete metódicamente, conservar los juguetes en sus cajas. Todos desde arriba del ropero la perturbaban casi sin descanso, Era algo insufrible que a Marcela la torturaba día tras día, hora tras hora, minuto a minuto para terminar haciendo lo inevitable. Desgarrar el envoltorio de ese alfajor y comerlo desesperada en algún rincón en el que nadie pudiera verle, tomar los juguetes de su hermano y correr con ellos para jugar como nunca hizo con los suyos. Esa pasión incontrolable, ese placer en violentar aquel mundo metódico y silencioso, aquel mundo que aunque lo odiaba con todas sus fuerzas lo veía superior a ella, Marcela lo hacía por un placer que encendía la sangre de su interior. Sentía como esa sangre se aferraba a su corazón y a sus ojos cuando arrancaba aquel muñeco de su caja aún con los aromas de una fábrica. Una caja inmaculada que era destrozada, el placer de jugar con esos juguetes sin el menor cuidado, rayarlos, embarrarlos, hacerlos desaparecer, intercambiarlos con alguna amiga, descuartizarlos.
Luego vendría el escándalo familiar, las recriminaciones de su hermano, las amenazas de su madre, los interrogatorios de su padre. Como si Marcela en vez de haber hecho justicia fuera una criminal, todo era inútil, Marcela jamás hablaba y jamás dejo de comportarse así con su hermano.
Esta mañana ocurrió algo extraño, sumamente extraño en Marcela Goeytes, no abrió la carta que había llegado, la levantó del suelo y la dejó sobre la mesa para continuar con las rutinarias tareas del día, como si supiera…
Todo ese día la carta quedó sobre la mesa, ese blanco marfil del papel resaltó en el caoba oscuro de la mesa. La carta sobre todo resaltó en novedad, olió a nuevo, nació nueva en la oscuridad de la mesa como una luna en la noche. Fue algo que al fin nacía, ya hacía varios meses que nada de eso ocurría en Marcela , como si la rutina del último día la mantuviera suspendida. Pero la carta ya latía como uno de los seres con sangre que deambulaban por la casa, la buscaba, la llamaba sin descanso.
Aquella noche Marcela no pudo dormir, la nueva presencia en la casa la llamaba, primero en voz baja, como un susurro, luego sobre la madrugada ya era una fuerza tan violenta, que a veces sentía como apretaban su pecho contra el colchón hasta dejarle sin aire, luego cuando aquello se retiraba todo su cuerpo se alivianaba, hasta en un momento pavoroso se creyó flotar. Aquella noche sin saber porque, se vio sentada en la cama una decena de veces. El sueño no llegaba y Marcela se mintió los signos de una fiebre. La carta no soportaba un segundo más la insolencia de Marcela y la torturaba en la distancia de las dos habitaciones.
Cuando Marcela cruzó la luna se encontró con un río fresco que habría sido un mar y lo cruzó también con las aguas hasta las rodillas. Entonces no se supo cómo estas personas, que del más allá hablaban, se internaron en su corazón. La parte más oscura de su corazón las escuchaba en forma anhelante. Pues sabían ellas que los saldos de una muerte recaen sobre el asesino y no sobre los que la imaginaron. Pero Marcela soportó a los abominables y divagó en la sala de su casa como una mujer, como una niña, como un animal y como una soberana de un mundo miles de veces superior al de los hombres. Su mano soñó a la otra, aquella que en sangre saboreaba el hilo salvador que la guiaba fuera del laberinto, sus pies se soñaron sagrados como los que caminan solo tierras sagradas. Sus brazos se soñaron árboles, sus ojos se soñaron por primera vez enamorados hacia algo. Luego fue Marcela Goeytes otra vez. Estática observa el sobre blanco.
La noche intensa fue sumiendo delicadamente la sala en sombras. El sobre había desaparecido salvo por su latido. Marcela regresó a la sala. Encendió una luz y se sentó frente a la carta.
La tomó de la mesa y comenzó a abrirla delicadamente, por arriba, por el lugar donde más se tarda. Como si no fueran los dedos de Marcela sino los de su desesperante hermano. De a poco la carta iba revelando un manuscrito breve:
La noche intensa fue sumiendo delicadamente la sala en sombras. El sobre había desaparecido salvo por su latido. Marcela regresó a la sala. Encendió una luz y se sentó frente a la carta.
La tomó de la mesa y comenzó a abrirla delicadamente, por arriba, por el lugar donde más se tarda. Como si no fueran los dedos de Marcela sino los de su desesperante hermano. De a poco la carta iba revelando un manuscrito breve:
“Yo me pregunto si el cabello que crece en la oscuridad de un nicho es el mismo ignorante que avanza y crece en la oscuridad del vientre materno, me pregunto: ¿Qué será del sueño cuando despierto?”.
F.
F.
Ella pudo entender su significado y guardó la carta otra vez dentro del sobre. Aquél que escribió la vida de Marcela Goeytes había muerto en algún lugar que ella no conocía, tampoco llegó a conocer su rostro, ni su nombre. "F" había muerto y la había dejado a ella inconclusa.
A Marcela entonces no le queda otra cosa más que ser por algún tiempo, en la oscuridad de una última rutina.
A Marcela entonces no le queda otra cosa más que ser por algún tiempo, en la oscuridad de una última rutina.

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