EL VIAJE
Como la luz de una estrella que ya murió, ella y toda Constancia seguirían siendo por algún tiempo bajo una voluntad que ya no es ¿Acaso se podría hacer otra cosa?
Marcela vuelve a poner la carta dentro del sobre con dedos tranquilos. Marcela vuelve a poner aquella carta sobre la mesa y desde ahora ya no se podrá hacer otra cosa más que eso. Pero algo ocurre y sus ojos se encienden, su corazón late de una forma que ella ya piensa que va a morir. El otro lado de la carta muestra un remitente con letra apurada, la misma del manuscrito. Ella inmediatamente sospecha que el escritor de su vida, viéndose pronto a morir decide escribirle una carta regalándole un último destino: elegir, elegir por ella misma un final.
Marcela vuelve a poner la carta dentro del sobre con dedos tranquilos. Marcela vuelve a poner aquella carta sobre la mesa y desde ahora ya no se podrá hacer otra cosa más que eso. Pero algo ocurre y sus ojos se encienden, su corazón late de una forma que ella ya piensa que va a morir. El otro lado de la carta muestra un remitente con letra apurada, la misma del manuscrito. Ella inmediatamente sospecha que el escritor de su vida, viéndose pronto a morir decide escribirle una carta regalándole un último destino: elegir, elegir por ella misma un final.
Para no morir en ese instante Marcela toma su pecho con una mano, lucha para tomar una medida que esquive acaso la decisión que tomó ya un destino inapelable. Haber vivido sin libertad y bajo la voluntad de otro, es para ella haber descendido al lugar más degradante.
¿Marcela acaso iría a buscar a su escritor? Aunque sea para verlo en su último momento, aunque sea para presenciar su funeral, para ver la lápida que termina un entierro, aunque sea para hacer algo por sí misma.
Ahora se debe esperar un momento importantísimo ¿Acaso Marcela aceptaría o no? Si Marcela Goeytes en ese instante único decide subirse al único tren, aquel tren que entra y sale de Constancia solo una vez por día y que lleva al otro lado para siempre… pero hay que esperar, no nos olvidemos de ese muro obstinado que la envuelve desde siempre. A ella, esa voluntad desconocida que ha firmado como "F" también la hizo miedosa.
Lamentamos que no podamos en este momento dar detalles sobre el paradero de aquel escribiente, antes que Marcela nadie tiene permitido saber de él. Hasta ahora solo podemos saber que su escribiente F la ha llamado próximo a su muerte, que F le regalo un último destino: Decidir una cosa.
Marcela sabía que el tiempo la obligaba a tomar una decisión, pero sin embargo no abandonaba su postura, sentada frente a la mesa, frente aquella carta, en una sala débilmente iluminada. Todo le comenzaba a oler a un decorado temporal. Ella tan sólo respiraba y muy de vez en cuando pestañeaba sobre un punto de esa casa que ya había decidido abandonar.
Marcela comienza a meditar en todas las cosas que debían llenar su maleta de cartón: fotos, un cuaderno, una muñeca de trapo, un libro con fotos de animales, recuerdos, ropa, cartas… su valija de cartón se ve repleta hasta reventar. Marcela ya no resiste a ese desengaño que la va invadiendo silenciosamente, la acosan las preguntas ¿Acaso no veía Marcela que aquella valija estaba repleta de ilusiones que otro soñó para ella? Ya nada de eso le servía, todo aquello, todo aquel mundo llamado Constancia fue hecho para ser abandonado. Abandonado en el instante más incómodo para una muerte como es el presente. Los hábitos de su muerte ignorada la hicieron sentir insegura, pero en cambio morir ahora la llenaba de certezas.
Marcela sube a su bicicleta sin siquiera despedirse de sus padres que ya ponían el agua en el fuego para un desayuno más y único en la rutina. Sólo se despidió con un gesto breve de su hermano, aquel con quien compartió su habitación y su vida tanto tiempo. Marcela siempre supo que para su hermano no existían las sorpresas. Pero lo que no conocía era que su hermano era el único ser en Constancia que sospecho siempre de las rutinas y sus orígenes.
Como Lot, Marcela no mira hacia atrás, sólo avanza. Su hermano en cambio la ve esa última mañana por la ventana de la habitación, la ve avanzando por un camino de tierra y piedras. Aclarando de vez en cuando la cabellera encendida que la ciega, aún ella con sus ropas de dormir puestas se está yendo. El viento, terrible coloso, la agita y la detiene de vez en cuando, luego en un momento las plantaciones de maíz la pierden y su hermano ya sólo ve ese mar agitado para siempre.
Marcela sólo vio dos veces la estación de trenes. La primera fue de chica cuando vino su abuelo a quedarse, la segunda, cuando se escapó de la escuela una mañana de invierno. Segundos antes de que dieran la orden de cerrar el portón de ingreso, desertó de la fila a toda velocidad mientras se izaba la bandera. Ya sabemos del espíritu temeroso de Marcela , pero esa mañana era tal el ahogo que oprimía su garganta que pensó que se iba a morir. Corrió con el peso de sus libros ante la mirada atónita de toda la escuela. Cruzó la calle de la iglesia y atravesó la plaza, buscaba el lugar donde respirar un poco de soledad, era lo único que podía siempre aliviar aquella fuerza que oprimía su voz.
La habitación de su casa no se podía como refugio ¿Qué excusa podía darle a sus padres en ese momento? Caminó entonces Marcela como una autómata, a la que unos mecanismos y engranajes ocultos se le han estropeado para siempre. Sólo le queda repetir el último movimiento. Las casas comenzaron a hacerse más distantes, los perros aún dormían las aventuras de la noche, pero en cambio gansos y gallos tomaban esas calles de tierra para vigilar a los pocos caminantes. Las mujeres en sus deberes domésticos miraban también con desconfianza a aquella estudiante forastera, aquel paisaje incomodaba y empeoraba la situación de Marcela que ya daba el aspecto de una asmática. Caminó, saltó charcos y esquivó el barro hasta que en un momento distinguió la estación de trenes, al final de una calle por donde salía el sol. Mientras se acercaba la estación se reconstruía en su memoria, gigante y olvidada, siempre sin alma y casi sin trenes. Solo una persona vivía allí, “El Boletero”. Él era un hombre que trabajaba y vivía para las rutinas del ferrocarril. Escuchó una vez de la boca de su padre que en la época de esplendor del ferrocarril, aquel hombre era uno de los más importantes en el pueblo de Constancia, tenía a su cargo a más de diez personas que controlaban la entrada y salida de paquetes y telegramas. Hasta más de seis trenes por día llegaron a visitar al pueblo en las buenas épocas donde se construía el matadero. El Boletero tenía en su poder todo lo que entraba y salía del pueblo. Ya en esa mañana de invierno, tan sólo le quedaba ser el mejor amigo de la niña angustiada que se venía acercando

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